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Para esta traducci;n se ha consultado de cerca "y tenido muy en cuenta" la de Pedro Voltes, colecci;n Austral de Espasa Calpe ( Espasa Calpe Mexicana S.A., M)xico 1952), 3 edici;n, 19061978, pp. 5165. (Traducciones anteriors a nuestro idioma: la de Jer;nimo A. de Medinilla, 1637; la de Ram;n Esquerra, 1948; la ya  n2< citada de Pedro Voltes, 1952.)Ɗ" 1 Vea Ud, amigo Moro, cunto lo he cansado con mis palabras; sonrojar1ame de haber hablado tanto tiempo si no lo hubiera hecho por su insistente petici;n y por haberme parecido que escuchaba Ud mi relato como sin querer perder nada de )l. Habr1a podido ser algo ms breve, mas he preferido relatar toda la historia, para referir los juicios de los comensales, quienes hab1an comenzado por despreciar mis palabras mas se pusieron a ensalzarlas al descubrir que al Cardenal no le resultaban desacertadas. [8] "Amigo Rafael "le contest)" mucho gusto me ha dado o1r a Ud; sus palabras son amables y prudentes. Parec1ame regresar no s;lo a mi pa1s, sino tambi)n a la infancia por el feliz recuerdo de aquel Cardenal, en cuyo palacio me eduqu) durante la ni9ez. No se imagina Ud cunto ms grato me es ahora, al evocar a aquel hombre a quien tan celosamente favorece Ud, a pesar de serme ya tan agradable antes. Sin embargo, eso no modifica mi opini;n de que, si se esforzara Ud en no execrar las cortes de los pr1ncipes, sus consejos podr1an ser all1 muy Ctiles a la cosa pCblica. NingCn deber lo obliga ms que )se de ser un buen ciudadano, segCn la opini;n de su amado Plat;n de que s;lo sern felices los pueblos cuando los fil;sofos se conviertan en reyes y los reyes en fil;sofos. Cun lejana est todav1a semejante dicha, si los fil;sofos no se dignan ayudar a los reyes con sus consejos! "Los fil;sofos "contest; )l" no son tan ego1stas que rehCsen hacerlo; es ms: muchos lo han hecho en sus libros, bajo la condici;n de que quienes gobiernan accedan a seguir sus consejos. Mas, con lCcida cautela, ya previ; Plat;n que, a menos de ser fil;sofos, los reyes no se adherirn a los consejos de los sabios, estando "como est" empapado su nimo de ideas perversas desde la infancia, de lo cual el propio Plat;n pudo percatarse con Dionisio. Si yo propusiera sabias medidas en la corte de cualquier monarca, si procurase extirpar de su reino los g)rmenes de graves males, no cree Ud que me expulsar1an o se mofar1an de m1? Suponga Ud que me encontrara al lado del rey de Francia y que formara parte de su consejo secreto, en el cual el rey preside el c1rculo de sus  ?" pol1ticos ms sagaces que tratan de cuestiones de gran importancia:4x"1 ?$ ԍEl ambiente pol1tico que se relata aqu1 corresponde a los inicios del reinado de Francisco I de Francia, el cual alberg; de hecho algunos de los prop;sitos aqu1 mencionados. N;tese, por lo que hace a Espa9a, que Navarra fue por entonces anexionada a Castilla. En esos a9os reinan en Arag;n Fernando el Cat;lico y en Castilla, por defecto de Juana la Loca, su marido, Felipe I ( el Hermoso ), el cual anduvo en tratos con el rey de Francia como aquellos a los que se alude en el texto de Moro.4 mediante qu) chanchullos y a9agazas se conservar Miln; c;mo podr retenerse ese reino de Npoles que tiende a escaparse una y otra vez; o c;mo ser factible destruir la RepCblica de Venecia; c;mo se subyugar a Italia entera; por Cltimo, c;mo se$p-p-p- apoderar el rey de Flandes, Brabante y toda la Borgo9a, sin contar otros Estados cuya invasi;n ya se ha proyectado. Uno propone concertar con los venecianos un tratado que durar mientras sea oportuno, ofreci)ndoles una parte del bot1n, que se recobrar en cuanto haya concluido la conchabanza segCn sus designios. Otro aconseja reclutar mercenarios alemanes; un tercero, sobornar a los suizos. La opini;n de )ste es granjearse la voluntad del Emperador mediante un pago de oro. La de aqu)l, pactar con el rey de Arag;n, cedi)ndole en prenda el reino de Navarra, que pertenece a un tercero, mientras otro estima que hay que ganarse al pr1ncipe de Castilla con la esperanza de una alianza procurndose antes para ello los buenos oficios de algunos grandes de la corte, a quienes, sin duda se comprar con una pensi;n. Asoma entonces el meollo de la cuesti;n: Inglaterra. Acu)rdase negociar la paz, anudando, con los ms firmes v1nculos, una uni;n siempre d)bil. Se llamarn `amigos', mas desconfiarn como si fueran enemigos. Se mantendr siempre preparados, cual atentos centinelas, a los escoceses, quienes, acechando cualquier ocasi;n, al menor movimiento de los ingleses podrn abalanzarse sobre ellos. Se mantendr tambi)n en oculta reserva "oponi)ndose los tratados a hacerlo abiertamente" a algCn noble personaje que aspire al trono, con lo cual se tendr sujeto al soberano de quien se sospecha. Suponga Ud que, en medio de tal cCmulo de problemas, ante tantos dignatarios que porf1an, a cul ms, a favor de soluciones b)licas, me levantara yo, un hombre modesto, para forzarlos a cambiar de orientaci;n, aconsejando evacuar Italia y quedarse en casa "pues Francia es tan grande que casi no puede ser administrada c;modamente por un solo hombre y el rey no ha de pensar en a9adirle nuevos territorios. Si pudiera, por ejemplo, mencionar1a el acuerdo de los acorianos, pueblo situado frente a la isla de Utop1a, hacia el Euronotos, los cuales guerrearon en otros tiempos porque su rey, en virtud de una antigua alianza, pretend1a la sucesi;n al trono de un reino vecino. Tras conquistarlo, se percataron de que costaba tanto esfuerzo conservarlo como adue9arse de )l, ya que proliferaban los intentos de revueltas interiores o de incesantes intervenciones forneas, sin haber posibilidad de licenciar al ej)rcito, con lo cual se iba al exterior todo el dinero recogido en el pa1s y se vert1a la sangre propia por la vanaglora ajena, sin que estuviera asegurada la paz en ningCn lado, sino que la guerra hab1a depravado las costumbres trayendo la afici;n al saqueo e incentivando la audacia de matar; no se cumpl1an las leyes, porque el rey, dividiendo su atenci;n entre dos reinos, no pod1a consagrarse enteramente a ninguno de ellos. Comprendiendo los acorianos que tales desastres no tendr1an fin, congregronse en asamblea y, con todo respeto, pusieron al rey en la alternativa de escoger entre ambos reinos el que quisiera, haci)ndole ver que no pod1a ejercer ambos poderes, toda vez que eran demasiado numerosos para poder ser gobernados por medio rey, al igual que nadie consentir1a en compartir con otro los servicios de un mismo caballerizo. As1 emplazado, ese buen pr1ncipe se vio constre9ido a contentarse con su antiguo reino y a abandonar el nuevo a uno de sus amigos, quien, por otra parte, fue pronto destronado. Si yo, adems, probara que todas esas ocasiones de guerra, al conmover tantas naciones, dejan exhaustos los erarios, destrozan a los pueblos y "terminen como teminen" siempre resultan vanas, mientras que, por el contrario, el rey habr1a de cuidar el reino de sus mayores, haci)ndolo florecer; si propugnara que )l ame a sus sCbditos y se haga amar de ellos, que viva entre ellos y los rija con suavidad y deje en paz a los dems reinos cuando el que uno posee basta y sobra, con qu) o1dos cree Ud que se escuchar1a semejante discurso, amigo Moro? "No muy favorablemente "le contest).,,p-p-p-Ԍ"Sigamos, pues! "continu; diciendo Rafael". Cuando el rey y sus consejeros deliberan y averiguan c;mo aumentar el tesoro, el uno propone subir el valor nominal de la moneda cuando se trata de pagar y bajarlo cuando se trata de cobrar; as1 se podrn hacer grandes gastos con muy poco dinero y recaudar much1simo cuando deber1a recibirse poco; otro aconseja simular una guerra inminente y que "en cuanto se haya cobrado un tributo impuesto con ese pretexto" el pr1ncipe haga celebrar la paz, con toda gala y fausto religiosos, cuyo esplendor deslumbrar al pueblo llano, dndole reputaci;n de pr1ncipe piadoso que ahorr; la sangre de sus sCbditos; un tercero sugiere que se pongan de nuevo en vigor viejas leyes, tan anticuadas por un largo desuso que ya estn apolilladas: como nadie se acuerda de ellas y todo el mundo las ha infringido, se impondrn como sanciones las multas que en ellas se prev)n; recurso )se de los ms lucrativos y decorosos, porque se enmascara como justicia; otro, entonces, piensa que han de prohibirse, bajo pena de fuertes multas, una serie de conductas, sobre todo las que no son Ctiles para el pueblo: aquellos cuyos intereses vinieran as1 perjudicados ser1an eximidos de las prohibiciones mediante dispensas pecuniarias; con lo cual el soberano ser1a querido por su pueblo y lograr1a una doble ganancia: por un lado, el dinero de los que, en aras del lucro, hubieran cometido transgresiones; y, de otro, el de las dispensas. Cuanto ms alto fuera el precio de semejantes exenciones, tanto ms se mirar1a al rey como un monarca que no consiente que se perjudique a su pueblo sin pagar por ello una suma considerable. Otro propone ganarse a los jueces para que en todos los pleitos sostengan los derechos de la Corona; sern convocados a palacio, invitndoselos a debatir en presencia del rey acerca de los procesos que a dichos intereses se refieran; as1 no habr causa tan inicua que no haya alguien a quien se le ocurra c;mo sacarla adelante con alguna triqui9uela "ya sea por llevar la contraria, o por no repetir lo que ya haya dicho otro, o por complacer al monarca. Mientras esos jueces, en esa deliberaci;n, ponen as1 en duda la verdad, se consiente al monarca dar a la ley una lectura sesgada, en provecho propio; la vergGenza o el temor empujan a los dems a sumarse a tales dictmenes; as1, a la postre, se dictar osadamente sentencia en los tribunales. No faltan motivos para pronunciarse a favor del pr1ncipe, ya que le basta tener a su favor, ora la indiferencia, ora la letra de una ley, ora un texto complicado, ora "y esto, en Cltima instancia, tiene ms poder que todas las leyes en el nimo de jueces escrupulosos" el principio incontestable de la potestad regia. Esos consejeros estn de acuerdo en la mxima de Craso, a saber: que el rey que mantiene un ej)rcito no posee nunca bastante dinero; que no puede cometer injusticia alguna, aunque quiera; que es due9o absoluto de todos los bienes y aun de las personas de sus sCbditos; y que )stos poseen lo que poseen s;lo mientras no se lo quite la benignidad regia; que, cuanto menos posean los sCbditos, tanto mejor ser para el soberano, cuya seguridad estriba en que su pueblo no goce en exceso de riquezas ni de libertad, ya que tales cosas hacen a la gente menos paciente para soportar mandatos rigurosos e injustos, mientras que, por el contrario, la miseria y la pobreza debilitan los nimos y los hacen pacientes, ahogando en los oprimidos todo aliento de rebeld1a. Suponga Ud que en tal momento alzo mi voz de protesta y digo: Tengo por nefastos y bochornosos todos los consejos que acaban Uds de dar al rey, para quien la gloria y la seguridad consisten en enriquecer a su pueblo ms que a s1 mismo. Los hombres hicieron a los reyes para su propio bien, no para el de )stos; para poder vivir tranquilamente de su trabajo y sus afanes al abrigo de contratiempos. Es, pues, deber del soberano velar ms por la prosperidad de su pueblo que por su felicidad personal, como el pastor, que tiene que cuidar de su reba9o y no de s1 mismo, que para eso es pastor. Cometen una gran equivocaci;n quienes se figuran que la miseria del pueblo es garant1a de paz para el Estado, ya que d;nde abundan ms las rencillas que entre los mendigos?+p-p-p- Qui)n se afana con mayor deseo en cambiar el orden social que quien est disconforme con su condici;n presente? Y no es el ms atrevido de los rebeldes quien espera ganar algo porque ya no tiene nada que perder? Un rey, que sea s;lo odiado o envidiado hasta el extremo de no mantenerse ms que a fuerza de ultrajes y atropellos, empobreciendo a sus sCbditos, har1a mejor en abdicar sin demora del trono en lugar de acudir, para mantenerlo, a procedimientos con los cuales, aunque conserve el t1tulo, perder sin duda alguna la majestad a )l inherente. No es propio de la dignidad de un soberano reinar sobre un pueblo de miserables, sino que a tal dignidad corresponde ejercer el poder sobre gente rica y feliz. Bien lo sab1a Fabricio, aquel hombre de descollante m)rito, al decir que prefer1a mandar a los ricos que ser rico. Y ciertamente, cuando uno es el Cnico que vive en el lujo y los placeres al paso que a su alrededor todo son quejas y llantos, actCa uno como celador de una crcel, no de un reino. Por Cltimo, igual que un m)dico es un inCtil si no sabe curar una enfermedad sin producir otra, a quien no sabe gobernar la vida de sus sCbditos ms que privndolos de todas las comodidades de la existencia no le es l1cito mandar a hombres libres, habiendo de corregirse su torpeza y su soberbia, pues )stas son vicios que han de excitar a que el pueblo lo aborrezca o lo desprecie. Viva honestamente con lo suyo, adapte sus lujos a sus ingresos, reprima los cr1menes y prev)ngalos mediante prudentes instituciones, en lugar de dejarlos posperar para luego castigarlos! No resucite sin motivo leyes abolidas por el desuso "y, sobre todo, aquellas que, olvidadas desde hac1a tiempo, no sean necesarias en modo alguno! No exija jams por delito alguno el pago de cantidades que un juez, en pleito privado, considerar1a inicuas y abusivas si hubieran de pagarse a un particular!   ? Expondr1a entonces a los miembros del Consejo la ley de los macarienses,1 ?  ԍVocablo derivado del griego makarios, feliz , dichoso , bienaventurado . quienes habitan no lejos de Utop1a, cuyo rey, el d1a de su advenimiento al trono, despu)s de ofrecer grandes sacrificios, se obliga por juramento a no poseer nunca en su tesoro ms de mil libras de oro, o la suma equivalente en plata. Los macarienses dicen que esa ley fue promulgada por un excelente soberano, quien se preocup; ms de los intereses de su patria que de sus propias riquezas, como si quisiera poner obstculos a la acumulaci;n de un tesoro tan grande que tuviese por consecuencia la miseria del pueblo. Consideraba que aquella suma bastar1a en caso de tener que luchar contra rebeldes o contra una invasi;n enemiga, al tiempo que no llegar1a a provocar la codicia ajena de invasi;n, lo cual fue la causa fundamental que lo incit; a dictar tal ley. pero el motivo ms inmediato fue el deseo de que no faltara dinero para las cotidianas transacciones de los ciudadanos; como al rey le es menester repartir dinero, pensaba que, distribuyendo todo lo que rebasara el nivel leg1timo del tesoro, evitar1a ocasiones de injusticia. Semejante rey ser1a temido por los malos y amado por los buenos. Si dijera esto, y otras cosas semejantes a los implacables partidarios de m)todos totalmente opuestos no ser1a como hablar a los sordos? "Ser1a, sin duda, hablar a sord1simos "le contest)"; mas no me sorprende; pues, a decir verdad, de nada sirve discutir semejantes cosas ni dar tales consejos cuando se est seguro de que jams se aceptarn. C;mo podr1a influir Ctilmente tan inusitada argumentaci;n en nimos tan reacios a ella y tan profundamente imbuidos de las teor1as contrarias? No est de ms la filosof1a escolstica entre amigos reunidos en conversaci;n, mas no son sitio apropiado( p-p-p- para tales cosas los consejos de los pr1ncipes, donde se tratan con autoridad important1simos problemas. "Por esto "contest; Rafael" he dicho yo que no hay lugar para los fil;sofos en la corte. "Sin duda "le repliqu)", y es verdad que la filosof1a escolstica, que cree poder ordenarlo todo, no puede aplicarse en todas partes; mas existe otra filosof1a ms sociable, que conoce el teatro del mundo, sabiendo amoldarse a )l, y que juega, gustosa y adecuadamente, el papel que se le ha asignado en la obra. Tal filosof1a es la que ha de practicarse. Si Ud, en la representaci;n de una comedia de Plauto, cuando aparecen chanzas o burlas de esclavos, apareciera en el escenario con traje de fil;sofo, y se pusiera a declamar aquel pasaje de la Octavia en que S)neca discute con Ner;n, no ser1a mejor jugar en la obra un papel mudo en lugar de convertirla en tragicomedia recitando versos que no son del caso? Estropear1a Ud el espectculo mezclando en )l un elemento tan diferente, aun cuando lo que a9adiera fuese de calidad superior. Sea cual fuere la obra representada, encarne su personaje del mejor modo posible, y no perturbe el conjunto cuando recuerde algCn fragmento ms inspirado de otra! Sucede lo propio en los asuntos estatales y en los consejos de los pr1ncipes. Aunque no pueda Ud extirpar las opiniones malvadas ni corregir los defectos usuuales, no por ello debe desentendese del Estado y desertar la nave en la tormenta, por no poder dome9ar los vientos. Tampoco es vlido sostener una doctrina ins;lita y desusada ante personas que profesen opiniones diversas y a quienes no quepa persuadir; es menester que siga Ud una v1a oblicua y que procure arreglar las cosas con sus fuerzas; y, si no logra realizar todo el bien, esforzarse al menos en disminuir el mal. Porque no es posible que las cosas vayan perfectamente salvo si son buenos todos los hombres, lo cual no creo que suceda hasta dentro de muchos a9os. "De ese modo "replic; Rafael" s;lo puede suceder que, al dedicarme a cuidar la locura de los dems, me vuelva loco como ellos. Cuando deseo decir verdades, tengo que decirlas. No s) si decir embustes es propio de un fil;sofo, mas ciertamente no lo es de m1. Mis palabras parecern, sin duda, molestas o desagradables, mas no veo que deban parecer absurdamente extra9as. Suponga Ud  ? que les explicara lo que finge Plat;n en su RepCblica, o lo que est vigente entre los ut;picos; lo cual, aunque fuese, como lo es, mejor que lo nuestro, a ellos les parecer1a fuera de lugar, como, por ejemplo, que aqu1 domine el r)gimen de la propiedad privada, mientras que all1 todos los bienes son comunes. Sin duda mis palabras no pueden agradar a quienes se han propuesto adentrarse fogosamente en el camino contrario, ya que pormenorizadamente muestran los peligros que acechan en )ste; sin embargo, qu) contienen que no sea conveniente y oportuno afirmar en cualquier lugar? Si debemos callar, cual si se tratara verdaderamente de cosas peregrinas o absurdas, cuanto hacen juzgar inoportuno las pervertidas costumbres de los hombres, tendr1amos que ocultar a los cristianos la mayor parte de lo que ense9; y prohibi; Cristo, todas las cosas que (l susurr; a los suyos ordenndoles que las proclamaran desde las azoteas. Las ms de ellas difieren mucho de la manera de vivir actual, como ya lo he expuesto extensamente. En verdad, parece que los predicadores, hombres sutiles, han seguido los consejos de Ud; comprendiendo que los hombres no se aven1an a las normas establecidas por Cristo, las han adaptado a los usos, como si fueran reglas de plomo, para conciliarlas de alguna manera. Con ello no creo que se haya avanzado nada, salvo el poder obrar mal con mayor tranquilidad; tampoco ser1a yo de utilidad alguna en los consejos de los pr1ncipes, ya que, si opinara de manera diferente de como lo hacen los ms, ser1a como si no opinase; y si del mismo modo, respaldar1a su locura, como dice el Mici;n terenciano.+p-p-p-ԌNo veo diferencia entre eso y la v1a oblicua que Ud sugiere segCn la cual habr1a que procurar, a falta de poder realizar el bien, evitar el mal por todos los medios posibles. Mas no hay ah1 lugar para disimulos, ni es posible cerrar los ojos. Hay que aprobar las peores decisiones y suscribir los decretos ms repugnantes. Pasa por ser un esp1a, casi un traidor, quien no ensalce las medidas malvadamente aconsejadas. Por consiguiente, no hay c;mo realizar ninguna acci;n ben)fica, ya que es ms veros1mil que el mejor de los hombres sea corrompido por sus colegas que no que los corrija, ya que el perverso trato con )stos, o bien lo deprava, o bien lo fuerza a disfrazar su integridad y su inocencia con la maldad y la necedad ajenas. Tan inalcanzable es el resultado propuesto por el camino oblicuo que sugiere Ud!  ? Por eso Plat;n, con una bell1sima comparaci;n,@ 1 ?f ԍRepCblica, VI, 496.@ explica por qu) los sabios se mantienen alejados de los negocios pCblicos. Cuando ven a la multitud que se esparce por las calles bajo un chaparr;n y no consiguen persuadirla de que se ponga bajo techo, percatndose de lo inCtil que es salir y mojarse como los dems, se quedan en casa, contentos de hallarse a cubierto, ya que no pueden curar a los dems de su estupidez. No menos cierto me parece, amigo Moro, "para no ocultarle mi punto de vista" que donde exista la propiedad privada, donde todos se midan por el dinero en todas las cosas, apenas se podr lograr nunca que el Estado se rija equitativa y pr;speramente, a menos que consideremos que est regido con justicia un Estado en el cual lo mejor pertenece a los peores, o que est dichosamente gobernado un pa1s en el cual unos pocos se reparten todos los bienes, gozando de todas las comodidades, al paso que los ms yacen en la miseria. As1 juzgo razonabil1simas y perfectamente leg1timas las instituciones de los ut;picos a quienes unas pocas leyes bastan para asegurar un excelente gobierno, donde el m)rito es recompensado, donde la distribuci;n igualitaria posibilita que todos disfruten la abundancia general. Al comparar esas costumbres con las de nuestros pa1ses, donde siempre se estn promulgando leyes para la buena administraci;n, pese a lo cual nunca se alcanza )sta suficientemente, donde cada uno llama `suyo' a lo que posee y todas las leyes susodichas no bastan para adquirir ni para asegurar los bienes, ni para deslindarlos de los otros, quienes tambi)n aducen sus derechos de propiedad privada "prueba de lo cual es el sinf1n de pleitos que incesantemente surgen y que no acabarn nunca; cuando considero todo eso, digo, le doy la raz;n a Plat;n, no extra9ndome de que rehusara hacer leyes para quienes no aceptaran la divisi;n equitativa de los bienes entre todos. Aquel hombre lleno de prudencia preve1a con claridad que no hay ms medio de salvar a un pueblo que la igualdad de bienes, cosa que no veo c;mo pueda lograrse mientras exista la propiedad privada.  ? En efecto, como a cualquiera le es dado basarse en t1tulos positivos para adue9arse de todas las riquezas que pueda, unas pocas personas se las reparten, por abundantes que sean, y a los dems s;lo les dejan la pobreza, sucediendo a menudo que los pobres son ms dignos de la fortuna que los ricos, ya que )stos son avariciosos, inmorales e inCtiles, al paso que aqu)llos son humildes y sencillos, siendo su trabajo cotidiano ms beneficioso para el Estado que para ellos mismos. Por eso estoy persuadido de que es equitativo y justo repartir los bienes, sin que quepa alcanzar la felicidad humana ms que por la abolici;n de la propiedad. Mientras )sta persista, los ms de los mortales "incluidos los mejores" sufrirn la necesidad y las zozobras de la miseria con todas sus(Xp-p-p- inevitables cargas; situaci;n que, aunque pueda mejorarse algo, no puede remediarse radicalmente. Si se impusiera, al menos, que nadie posea ms de una determinada extensi;n de tierra o suma de dinero que se fijaran legalmente; que ni el pr1ncipe sea en extremo poderoso ni el pueblo demasiado engre1do; que los magistrados no recibieran sus cargos por favor cortesano, ni tuvieran que acudir a sobornos o desembolsos "con lo que se da pie a que se procuren dinero con fraudes y prevaricaciones" ni fueran designados entre los ms ricos (en lugar de que se escoja a los mejores y ms competente); si todo eso se estableciera, tales leyes "parecidas a los remedios con que se trata de reanimar un cuerpo gravemente enfermo" podr1an aliviar los males del cuerpo social; mas no hay esperanza alguna de sanarlo ni de devolverle la salud mientras se mantenga la propiedad privada. Tratando de curar un miembro se causar da9o a otro. As1 la curaci;n de uno provoca la enfermedad de otro, puesto que nada puede darse a uno sino quitndoselo a otro. "Yo "le contest)" creo, por el contrario, que no podr1a vivir feliz donde todas las cosas fueran comunes, ya que c;mo se incrementarn las riquezas si todos se abstienen de trabajar? Sin existir el est1mulo de la ganancia, descansndose as1 sobre el esfuerzo ajeno, cuando todos se vean ahogados por la miseria, el no poder conservar cada uno los bienes que haya adquirido no producir fatalmente incesantes asesinatos y disturbios? Tampoco me imagino qu) lugar ocupar1an los magistrados entre hombres que no admitieran ninguna distinci;n entre ellos y les denegaran su autoridad y el respeto que les es debido. "No me extra9a su opini;n "contest;", pues se ve claramente que no tiene Ud idea de un Estado semejante, o que s;lo tiene una idea falsa; mas si hubiera estado conmigo en Utop1a, si hubiera contemplado sus usos y sus instituciones, como lo hice yo, viviendo all1 ms de un lustro, "y no me habr1a marchado de no ser con intenci;n de revelar la existencia de aquel nuevo mundo", reconocer1a sin duda que no se halla en lugar alguno pueblo tan bien administrado como aqu)l. "No me persuadir Ud fcilmente "dijo Pedro Egidio" de que exista en aquellas nuevas tierras una naci;n mejor gobernada que las del mundo que conocemos, donde no hay talentos menores que all1; creo que nuestros Estados, que son ms antiguos, contienen, gracias a la experiencia, muchas cosas que hacen grata la vida, sin hablar de aquellos hallazgos debidos al azar y que ningCn talento podr1a concebir. "En lo tocante a la antigGedad de los Estados "dijo Rafael", podr1a Ud pronunciarse ms justamente cuando haya estudiado las cr;nicas de aquel mundo; y, si les diera cr)dito, sabr1a que existieron all1 ciudades antes que hombres entre nosotros. Los inventos del talento y los debidos a la casualidad pueden producirse tanto aqu1 como all1. Por otro lado, tengo para m1 que, si bien estamos mejor dotados que ellos de talento, en actividad y laboriosidad nos llevan larga ventaja. SegCn sus anales, no oyeron hablar jams de nuestro mundo, que llaman `ultraequinoccial', antes de nuestra llegada; mas hace ms de mil doscientos a9os cierto nav1o naufrag; en las costas de Utop1a, desviado hasta all1 por la tempestad. Algunos egipcios y romanos fueron lanzados a las costas de aquella tierra que nunca habr1an de abandonar. Vea Ud los beneficios que obtuvo de tal acontecimiento el esfuerzo de los ut;picos! No hubo arte ni oficio de los practicados en el Imperio Romano que, si)ndoles Ctil, no aprendieran de esos hu)spedes, o no investigaran luego, trasP,p-p-p- haber recibido esa base. Tan provechosa les fue aquella Cnica visita de extranjeros! Si, por un azar similar, alguno de los suyos arrib; ac, se ha perdido el recuerdo del mismo modo que quiz los descendientes de los actuales ut;picos desconocern siempre que yo he vivido entre ellos. A poco de haber entablado relaciones con ellos, hab1an hecho suyos nuestros mejores inventos; mas creo que pasar mucho tiempo antes de que adoptemos aquello que sus instituciones tienen de superior a las nuestras. Y )sa es la principal causa de que su RepCblica "por ms que no seamos inferiores a ellos en inteligencia ni en riqueza" est) mejor organizada que nuestros estados y de que florezca con mayor bienestar. "Entonces, amigo Rafael "le dije", le suplico a Ud que nos describa esa isla. No se preocupe de ser breve. Al rev)s, mu)strenos sucesivamente campos, r1os, ciudades, hombres, usos, instituciones, leyes y cuanto crea que puede interesarnos! Y ha de creer que nos interesa lo que desconocemos. "Nada har) con ms placer, pues lo tengo bien presente "contest;"; mas el asunto requiere tiempo. "Vamos, pues, a almorzar "le dije" y luego dedicaremos el tiempo que nos parezca. "Sea "contest;. Y nos fuimos a almorzar. Habiendo regresado al mismo lugar, sentmonos en el mismo banco; tras dar a los criados la orden de que no se nos molestara, Pedro Egidio y yo pedimos a Rafael que cumpliera su promesa. Vi)ndonos atentos y vidos de o1rlo, tras una pausa y meditaci;n, inici; su relato de este modo: [8] y1 [8]  ?v  Les he descrito "lo ms fielmente que me ha sido posible" las instituciones de la que juzgo no ya la mejor repCblica, sino la Cnica que merece ser denominada `RepCblica'. Cuando en algCn otro lugar hablan del inter)s pCblico, tan s;lo se preocupan por intereses privados. All1, no habiendo nada privado, se cuidan de veras de los asuntos pCblicos. En uno y otro caso hay motivos suficientes para ello. En los dems pa1ses qui)n desconoce que, si no se ocupa uno de sus propios intereses, correr el peligro de morirse de hambre aunque la sociedad sea floreciente? Vense, pues obligados todos a preocuparse ms de s1 que del pueblo, es decir, de los dems. En cambio, en Utop1a, donde todo es de todos, no teme nadie que pueda llegar a faltarle lo personalmente necesario, a condici;n de que contribuya a que est)n llenos los graneros pCblicos. No se hace maliciosamente el reparto de los bienes; no hay pobre ni mendigo alguno; y, si bien nadie tiene nada, todos son ricos. Pues, qui)n puede ser ms rico que el que lleva una vida tranquila y alegre, exenta de preocupaciones? No tiene que temer por el sustento, ni ser molestado por las reclamaciones de su esposa, ni temer la pobreza para su hijo, ni ansiar una dote para la hija, y tener que asegurar la vida y la felicidad de todos los suyos, esposa, hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, y la ms larga descendencia, porque tal espera de su generosidad. Y ms aCn cuando tales ventajas no s;lo afectan a los que trabajan, sino a aquellos que trabajaron en otro tiempo y hoy se encuentran invlidos.+p-p-p-ԌQuisiera que alguien se atreviera a comparar con esa justicia la de otros pa1ses, donde morir1a uno antes de hallar el menor vestigio de justicia y de equidad. Porque qu) clase de justicia es aquella que permite que cualquier arist;crata, banquero, financiero "u otro de esos que no hacen nada, o nada que tenga gran valor para el bien pCblico" lleve una vida holgada y suculenta, en el ocio o en ocupaciones superfluas, al paso que el obrero, el carretero, el bracero y el labriego han de trabajar tan dura y asiduamente como bestias de carga "a pesar de que su labor sea tan Ctil que sin ella ningCn estado durar1a ni un a9o", soportando una vida tan m1sera que parece mejor la de los burros, cuyo trabajo no es tan incesante y cuya comida no es mucho peor, aunque el animal la encuentre ms grata y no tema el porvenir? Mas a los obreros aguijon)alos la necesidad de un trabajo infructuoso y est)ril y los mata la premonici;n de una vejez indigente, puesto que el jornal cotidiano es tan escaso que no basta para el d1a, imposibilitando que puedan aumentar su fortuna guardando algo cada d1a para asegurar su vejez. No es ingrato e inicuo el estado que a los nobles "as1 los llaman", a los banqueros y dems gente holgazana o aduladora, les prodiga tantos placeres fr1volos y sofisticados y tantas riquezas, al paso que mira impasible a los campesinos, carboneros, peones, carreteros y obreros, sin los cuales no existir1a ningCn estado? Tas abusar de su trabajo mientras estn en sus mejores a9os, el estado "cuando ms tarde estn abrumados por los a9os o por una enfermedad que los priva de todo", olvidndose de tantos desvelos, de tantos servicios prestados por ellos, los recompensa, en el colmo de la ingratitud, con la muerte ms miserable. Qu) dir) de los ricos que achican el salario de los pobres un poco ms cada d1a, no s;lo fraudulenta y ocultamente, sino tambi)n de modo pCblico y legal? Y as1, la injusticia en que consist1a pagar tan mal a los que ms merec1an de la sociedad, se erige "por obra de esos perversos" en justicia, al venir sancionada por una ley. Cuando veo esos Estados que hoy d1a florecen por doquier, no hallo en ellos (y que Dios me perdone!) ms que la conjura de los ricos, que hacen sus negocios so pretexto del estado. Inventan y ama9an todos los artificios posibles, tanto para retener "sin temor de perderlos" los bienes mal adquiridos cuanto para adue9arse, con el menor precio posible, de los frutos del trabajo de los pobres, abusando de ellos como de burros. Y tales a9agazas las promulgan como ley los ricos en nombre de la sociedad y, por lo tanto, tambi)n en el de los pobres. Sin embargo, esos hombres p)rfidos, aun despu)s de haberse repartido, con insaciable avidez, lo que bastar1a a las necesidades de todos, cun lejos se hallan de la felicidad de la RepCblica de Utop1a! All1, suprimido el uso del dinero y con )l la avaricia, cuntas tribulaciones se evitan y cuntos cr1menes se cortan de ra1z! Pues qui)n ignora que, eliminndose el dinero, no se producir1an fraudes, robos, rapi9as, ri9as, tumultos, sediciones, asesinatos, traiciones, envenenamientos "castigados mas no evitados con suplicios? Y as1, extinguir1anse, al mismo tiempo que el dinero, el sobresalto, la alarma, los afanes, los desvelos, y tambi)n disminuir1a la misma pobreza, Cnica que parece necesitar el dinero, desapareciendo )ste. Para que quede eso ms claro, recu)rdese algCn a9o est)ril e infecundo en el cual se hayan muerto de hambre muchos miles de hombres. Si se hubieran abierto los graneros de los ricos, habr1ase hallado en ellos tanto grano que, repartido entre los que perecieron de hambre y de indigencia, nadie habr1a notado las inclemencias del cielo y de la tierra.P, p-p-p-ԌAs1 de fcil ser1a dar sustento a todos si no fuera por el bendito dinero, inventado para abrirnos el camino de la abundancia, pero que en realidad nos lo cierra! No dudo de que hasta los ricos estn de acuerdo con eso y no ignoran que mejor situaci;n es no carecer de nada necesario que poseer en abundancia cosas superfluas, siendo preferible evitar numerosos males que sentirse oprimido por demasiadas riquezas. Tampoco me cabe duda de que, sea por inter)s de cada uno, sea por obediencia a la autoridad de Cristo "quien, en su infinita sabidur1a, no pudo ignorar qu) es lo mejor, y en su bondad s;lo pudo aconsejar lo que mejor fuera", todo el mundo habr1a aceptado fcilmente las leyes de aquella repCblica, de no lo impedirlo esa fiera, soberana y madre de todas las plagas, que es la soberbia, la cual no mide su prosperidad por el bienestar personal, sino por la desgracia ajena. La soberbia no podr1a endiosarse si no hubiera miserables a quienes poder aplastar y vejar, cuya miseria realza la felicidad de los soberbios; si la exhibici;n de la opulencia propia no oprimiera e irritara a los pobres. Esa infernal sierpe, arrastrndose por los pechos de los mortales, los retrae como una r)mora, impidi)ndoles encontrar el camino hacia una vida mejor. Adems est tan afincada en el coraz;n humano que es dif1cil extirparla. Al)grome de que la forma de Estado que yo deseo para todos la hayan encontrado los ut;picos, quienes, gracias a las instituciones que han adoptado, han constituido una repCblica que no s;lo es la ms feliz, sino tambi)n perdurable, en la medida en que es humanamente conjeturable. Extirpadas, junto con los dems vicios, las semillas de la ambici;n y la rivalidad, no acecha peligro alguno de esas discordias civiles que han causado la ruina de tantos estados poderosos. Asegurada as1 la concordia civil y la solidez de sus instituciones, imp1dese que perturbe o conmueva su estado la envidia de los pr1ncipes vecinos, ya muchas veces rechazada. Cuando Rafael hubo acabado de hablar, record) muchos detalles que me hab1an parecido absurdos en las leyes y costumbres de aquel pueblo, no s;lo en su manera de guerrear, sus cultos, sus ideas religiosas y las dems instituciones, sino tambi)n "y ms en particular" en la base principal de todas  ? ellas: la vida y el sustento en comCn, sin ninguna circulaci;n de moneda, lo cual destruye toda la nobleza, magnificencia, esplendor y majestad que, segCn la opini;n general, constituyen la honra y el adorno de los estados. Pero, percatndome de que estaba fatigado de hablar y no sabiendo si aceptar1a fcilmente la discusi;n "sobre todo por recordar que hab1a reprochado a todos el hacerlo por temor a pasar por tontos si no hallaban argumentos que oponer a las ideas ajenas", lo tom) de la mano llevndolo a cenar, elogiando las instituciones de los ut;picos y su explicaci;n. Pens) que en otro momento tendr1amos tiempo para meditar con mayor hondura acerca de aquellos problemas y discutirlos con mayor detallade, lo cual ojal suceda pronto! Entre tanto, y aun sin poder asentir a todo lo que dijo, aunque sea un hombre cult1simo y un profundo conocedor de lo humano, confesar) gustoso que hallo en la RepCblica de Utop1a muchas cosas que deseo, ms que espero, ver realizadas en nuestros Estados.