De rebeldes y Cipayos

por Jorge Navarro Cañada

El mundo de Latinoamérica siempre ha sido peculiar. Probablemente la presencia de unos y otros en forma de colonizadores, invasores, explotadores, han producido una colectividad menos homogénea de lo que muchas veces se intenta hacer ver, y al mismo tiempo, una colectivo con numerosos puntos en común.

Uno de esos puntos, es la existencia de prototipos de latinos, ni mejores ni peores que los demás, pero que por mil motivos siempre se han destacado. De todos ellos, los más conocidos serían dos: El cipayo, y el rebelde.

El rebelde, coincide casi siempre con la idea de resistencia. Resistencia hacia el poder dominante, llámese España, Portugal, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, etc, o hacia cualquiera de los poderes que éstas potencias fueron estableciendo en las sufridas tierras latinoamericanas.

Pero si bien ese prototipo ha sido siempre «el más estudiado» y el más incomprendido (aunque tambien el más admirado), a mi siempre me causó más curiosidad, que no interés, el otro; el de los cipayos. Según el diccionario de la lengua española, que por cierto, el cipayo moderno se empeña en despreciar en favor de sus anglicismos, cipayo sería un soldado indio al servicio de una potencia europea.

La adaptación actual del término como no podía ser menos se referiría a la dominación actual, o sea, a la norteamericana, pero eso si, sin descuidar ni por un momento su «talante europeísimo». Y es que desde que la ideología dominante, el neoliberalismo, dicta que el rebelde está pasado de moda, los cipayos no paran de desfilar por la pasarela de la modernidad vistiendo barras y estrellas.

Un pelín demodé pero, eso sí, hacen estragos en las boutiques de Miami, Bogotá, México, Buenos Aires, etc, mientras los pobres latinos (esos que no van a New York más que a trabajar), les miran desde los escaparates.

Pues así es como «los latinoamericanos de Europa» se hacen notar, y además estan pluriempleados, porque eso si, antes de dedicarse a la profesión más antigua del mundo, se buscaban la vida escribiendo (algunos haciendo que escribían), en la política, y como no, los más listos en los gobiernos de sus desgraciados países.

Así nos encontramos con una galería impagable de personajes. Para empezar, estan los ideólogos «del movimiento». Se trata de aquellos que necesitaron plasmar «su filosofía» en el famoso «Manual del perfecto idiota Latinoamericano».

El primero de ellos, el converso, es el mejor escritor de la terna. Se trata de Plinio Apuleyo Mendoza. Convencido anglófilo, hoy presume de ser lo más civilizado de su país, en oposición a la chusma que paramilitares y militares exterminan en las montañas colombianas. Eso sí, declara su admiración por el Cura Torres, pero las ideas de este no parecen haber hecho mucha mella en él.

El segundo, Carlos Alberto Montaner, es un personaje sacado de la farándula gangsteril. Mediocre y oportunista, le da lo mismo figurar por terrorista, que por escritor, que por pseudo politico, pero eso si, figurar, aunque desgraciadamente para él no con mucho éxito. Por último, firma un corresponsal en Londres, «uno con influencias»; Alvaro Vargas, que ya desde jovencito va haciendo pinitos, quizá para seguir los pasos de su padre. Y es que el padre es una de las cumbres del movimiento cipayo. Sería un ideal a imitar si no fuera porque en su país no quieren ni verlo, pero bueno, «no son más que peruanos».

Queda claro que su genialidad como escritor no da para llegar a presidente, aunque ahora toma posiciones en los centros de poder madrileños al igual que lo hizo hace unos años con el gobierno de los que luego llamaría idiotas, cuando lograba su nacionalidad española por la vía rápida, y no como sus tristes compatriotas, que la sueñan antes de ser mandados de vuelta a su país. Ahora el señor Vargas Llosa, es amigo y asesor de aquellos que promulgan las leyes de extranjería, porque como buen europeo, está muy preocupado por los problemas que causa la inmigración.

¡Qué desfachatez! Ideólogos sí, pero tontos no, dirán ellos. Y es que ésto de ser cipayos da buenos dividendos. Tan buenos, que las otras especies de cipayos ni siquiera tienen ideas. Se trata de los gobernantes cipayos, esos distinguidos señores que ven a Clinton desde abajo, agachaditos, y a sus pueblos desde arriba, sacando pecho.

El prototipo sería Menem, brillante cipayo con aires de grandeza. No resulta difícil imaginarse que libro tendrá el mandatario argentino en la cabecera de la cama, en la guantera de sus deportivos, o encima del retrete, siendo éste último el más apropiado de los lugares para la biblia del cipayo latinoamericano. Daría risa, pero desgraciadamente no tiene ninguna gracia. Por supuesto haber hay muchos, y si no que pregunten a los sufridos pueblos nicaragüense, mexicano, etc, pero ninguno resulta tan «atractivo» como el gobernante suramericano.

Por último, la tercera especie es el cipayo poderoso. Se trata del empresario del traje de chaqueta blanco, cadenas de oro por todos lados, limousina, residencia variable y agitada vida sexual. Hablamos del ideal del empresariado cipayo. Lejos de crear riqueza entre los suyos, los explota miserablemente en nombre a veces de causas tan nobles como la «libertad económica», el liberalismo, y (¿cómo no?) «la democracia», argumento final contra todo aquel que se opone al saqueo.

De ésta última especie, los mejores ejemplares se encuentran en Miami, y sobre ellos, se hace eco el anteriormente citado Alvaro Vargas en su último panfleto, a la sazón amigo y «estudioso» del fenómeno.

En conclusión, cipayos hay muchos, pero sólo pretendía dar un pequeño paseo por su élite, por la crema del pastel.

Jorge Navarro Cañada


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