MITCH: ¿desastre natural o masacre?

por Greg Grisham

<earcom@nexo.es>


Ver también otras págªs sobre cuestiones del medio ambiente y el deletéreo efecto del automóvil en nuestras vidas

Los huracanes son motores ventiladores que anulan desequilibrios térmicos en la atmósfera, suministrando aires calientes ecuatoriales hacia los polares. El dióxido de carbono, producido por el consumo de carburantes, es responsable de casi todo el Efecto Invernadero, el cual calienta el ecuador, y así aumenta la frecuencia o la intensidad de los huracanes (o ambas).

El Efecto Invernadero legalmente existe. Ya no es sólo una teoría científica sino un hecho jurídico. Una ley que protege a las víctimas de los huracanes; si es que las víctimas y aquellos que se solidarizan con ellos conocen la ley. Y Mitch, por la fecha en que se produjo, su trayecto y fuerza, fue un huracán evidentemente producto del efecto invernadero.

La vida respira. Concretamente, la vida vegetal inhala dióxido de carbono y exhala oxígeno; e inversamente, la vida animal respira inhalando oxígeno y exhalando dióxido de carbono. Con sólo saber esto podemos concluir que hay un cierto equilibrio que mantener entre poblaciones vegetales y animales.

Resulta que el hombre, transformando tanto del reino vegetal en animal, ha creado, mantiene, y aumenta un desequilibrio artificial, el llamado Efecto Invernadero. Además, el motor industrial del hombre también respira como los animales, inhalando oxígeno y exhalando dióxido de carbono, pero ¡mil veces más!

No hacen falta cumbres de científicos para determinar si el clima está o no desequilibrado. La industria moderna viola la misma ley termodinámica en que fue basada, la de la entropía. Los efectos son evidentes en muchos aspectos de la biosfera. Sucede que el Efecto Invernadero es el que mejor se puede observar, y por lo tanto se ha podido comprobar científicamente.

La ley establece que quienes más carburantes consumen más contribuyen al Efecto Invernadero y huracanes. Se concedieron cuatro mil millones de dólares a las víctimas de las tabacaleras estadounidenses. Pero en Centro-América las víctimas del «cochecismo» norteamericano esperan la ayuda humanitaria de los propios autores de su ruina.

Hace un año en Kioto Bert Bolin --presidente honorario del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático-- y el presidente del IPCC, Robert Watson, testificaron las advertencias de los 2.000 científicos, encargados por Naciones Unidas de investigar el clima:

1. «Los recursos de agua y la producción de alimentos se verán afectados.»

2. «La reducción de las cosechas será especialmente grave en zonas tropicales y subtropicales, donde ya hay hambrunas».

3. «Los potenciales impactos sanitarios incluyen cólera, fiebre, dengue, malaria y envenenamiento por biotoxinas.»

4. «África es el continente más vulnerable al cambio climático, debido a la sequía recurrente, la agricultura dependiente de las lluvias y la falta de recursos para tomar medidas de adaptación.»

5. «El mar subirá y muchas islas desaparecerán.»

6. «Los principales efectos se manifestarán probablemente en un cambio de la frecuencia de los fenómenos extremos y de la precipitación, lo que causará más sequías en algunas áreas y más crecidas fluviales en otras».

En fin: los países pobres se verán destrozados por los ricos si éstos no dejan de contaminar. Igual que las huellas testifican la identidad del protagonista de un robo común, los responsables han dejado sus huellas ahora en Centro-América.

Mitch fue generado por el consumo de carburantes. Por lo tanto, en lugar de recibir ayudas, los damnificados deben ser indemnizados por lo que es un flagrante caso de negligencia por parte de los países ricos.

Existen tribunales internacionales y pruebas científicas para obligar a los responsables del cambio climático a recompensar directamente a sus víctimas.

Pero la manera con que las ONG están tratando el asunto diluye la negligencia de los contaminadores y anula su responsabilidad a la hora de pagar. No ayudar, sino pagar. Y no solamente las pérdidas de casas y puentes, sino de seres humanos. Y no por fenómeno natural, sino masacre.

Si las ONG funcionaran más como organizaciones no gubernamentales, y menos como «organizaciones neogubernamentales», las denuncias ya estarían pendientes. Pero nadie, ni siquiera las ONG, toman el cambio climático en serio: ni los cumbres de Río, Kioto ni Buenos Aires en serio.

Podríamos después de Mitch, a través de las tribunales internacionales existentes, no sólo conseguir la indemnización para los damnificados sino hacer que el cambio climático se tomara con seriedad de una vez por todas. Sin embargo, las ayudas de las ONG contribuyen a que Mitch no halle eco en el ámbito legal.

También el neoliberalismo bananero y cafetero tiene que rendir cuentas en cuanto a la desestabilización de suelos; sin mencionar que han provocado flagrante descuido de la infraestructura social donde viven los más pobres al reducir el presupuesto público a un 10% del PIB, (insuficientes para hacer frente a los «desastres naturales»).

El 23 de Septiembre la Reserva Federal de EE.UU. aportó 3.500 millones de dólares en concepto de ayuda para evitar la quiebra de la empresa financiera LTCM (Long Term Credit Management), de inversión latinoamericana de alto riesgo. El 7 de Noviembre, después de más de 11.000 muertos, miles más desaparecidos y millones de damnificados, los países ricos habían aportado 100 millones de dólares (35 veces menos). Ahora la «aldea global» propone la condonación de la deuda externa de los países afectados por Mitch, pero al coste de la clase media de los países ricos. Todos sufren las consecuencias de LTCM y Mitch, menos las élites.

En todo el mundo rico las cadenas de televisión han inventado la «telesolidaridad» montando telemaratones para las víctimas de Mitch. Son los mismos medios de comunicación que promocionan el consumo y despilfarro de carburantes que provocaron Mitch. Recaudando dinero para las ONG, y a la vez lavando sus conciencias.

La televisión, la Federal Reserve, la ONU, las cumbres de Río, Kioto y Buenos Aires, y las ONG: todos cooperan, queriendo o sin querer, poniendo parches para que no cambie nada. Y para que Mitch, como todos los desastres, se convierta en otra bicoca.

Si ha de servir de algo todo lo que hacemos por conseguir un mundo mejor, Mitch constituye el juicio del siglo, si no del milenio, y posiblemente el principio de otra revolución industrial. Si no, las buenas intenciones de los colaboradores, voluntarios y solidarios ayudarán más a que mañana siga igual EL PROBLEMA que a que se contrarresten sus efectos hoy.

En cuanto acaben las labores de rescate, quizás podrían las ONG volver a casa e intentar suprimir la necesidad de tanta compasión con un poco de rebeldía.


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