Después de Durbán: ¿Reparación por Daños o Impuesto Tobin?

por Lorenzo Peña


Copyright © 2001 Lorenzo Peña


Índice

  1. Hay que resarcir a las víctimas de la esclavización colonial europea
  2. La significación histórica de la conferencia de Durbán
  3. La ignorancia y la ocultación de la historia
  4. El deber de pagar indemnización por daños
  5. Refutación de las objeciones
    1. Primera objeción: imposibilidad de evaluar el daño
    2. Segunda objeción: lo pasado, pasado
    3. Tercera objeción: los hechos han prescrito
    4. Cuarta objeción: todos hicieron lo mismo
    5. Quinta objeción: la pendiente resbaladiza o las esclusas abiertas
    6. Sexta objeción: ¿habrán de indemnizar pobres a ricos?
    7. Séptima objeción: no se ha de lavar el mal ocurrido con un cheque
    8. Octava objeción: inconmensurabilidad entre el mal sufrido y cualquier pago
    9. Novena objeción: poco pueden cambiar las indemnizaciones
    10. Décima objeción: ¿hay que pagar por lo que pasó antes de que uno naciera?
    11. Undécima objeción: se lo embolsarían los caciques locales
    12. Duodécima objeción: es mejor compungirse que pagar
  6. Alternativas: Impuesto Tobin y otras hierbas
  7. Más sobre el Impuesto Tobin
  8. conclusión


§0.-- Hay que resarcir a las víctimas de la esclavización colonial europea

La reciente conferencia de Durbán ha puesto sobre el tapete una demanda que formuló hace años el político democrático nigeriano, Moshú Abiola. Cabe sospechar que fue esa propuesta lo que hizo que, habiendo ganado las elecciones presidenciales, Abiola fuera encarcelado --y misteriosamente muriera en las mazmorras del régimen militar del General Abasha, respaldado por sus amigos, los imperialistas norteamericanos y británicos y los sionistas israelíes.

Se puede matar a un hombre pero no a una propuesta justa. Y hoy está ahí, irrumpiendo con fuerza, y constituyendo el eje del problema de las relaciones entre el norte y el sur. Frente a esa propuesta, hay otras que objetivamente pueden servir de diversión. Vamos a examinarlas en este trabajo.


§1.-- La significación histórica de la conferencia de Durbán

Tal vez contará la historia que el devenir de nuestra especie queda dividido en dos períodos: el anterior y el posterior a la conferencia mundial contra la discriminación racial, recientemente celebrada en Durbán (República Surafricana).

Desde luego, como casi todo en esta vida, eso es relativo nada más. La conferencia de Durbán no ha surgido como un hongo, sino que es resultado de muchos decenios de lucha antiimperialista. Sin embargo, marca un hito en la historia que hoy por hoy es imposible exagerar.

Por vez primera se han puesto en la picota, en una tribuna planetaria, los desmanes del racismo, del colonialismo y de la supremacía blanca. Por vez primera se ha planteado en un foro de toda la humanidad --y auspiciado por lo que, con sus vicios, es, a pesar de todo, un embrión de estado mundial, o sea las naciones unidas-- la cuestión de los daños infligidos durante siglos a los pueblos del sur y de la necesidad de repararlos, dada la imprescriptibilidad de los crímenes, de los genocidios, de los daños inmensos cuyos efectos perdurarán todavía durante muchos siglos, incluso si se lleva a cabo la reparación.

Además, despreciando a la inmensa mayoría del género humano, los estados unidos e Israel han puesto de relieve, al abandonar la conferencia, su desdén por las razas no-europeas, su adhesión a la supremacía blanca, su altanería, su intolerancia, su insensibilidad e indiferencia al sufrimiento humano, su impermeabilidad, su violencia, su firme voluntad de ni siquiera entrar a discutir o aportar al debate sus argumentos.

Han sido mucho más hábiles los representantes de la unión europea; forzoso es reconocer que también más nocivos porque --con sus maniobras, sus sobornos, sus chanchullos, su pasilleo y sus amenazas-- han conseguido lo que se proponían: descafeinar todas las resoluciones, quitar la condena de Israel, y dejar el resto en agua de borrajas.

También, en parte, han logrado los imperialistas septentrionales diluir los más graves problemas de la discriminación racial, de la supremacía de la raza blanca, en un océano de cuestiones varias, como las discriminaciones de casta, las tribales, las situaciones de trabajo no-voluntario que perviven en países del tercer mundo. Ocultan que todo eso fue mantenido por el colonialismo --cuando no introducido o fomentado por él--; quieren no percatarse de que, por sí solos, los países recién independizados del yugo colonial no tenían recursos para acabar de la noche a la mañana con tales aberraciones e injusticias, aparte, claro, de que también hay fuertes intereses locales basados en esos privilegios.

La importancia de esas situaciones para el conjunto de la humanidad es probablemente limitada, al paso que tiene unas consecuencias dolorosísimas para nuestra especie la tremenda y brutal supremacía de la raza blanca durante medio milenio, que aún perdura.

Sin embargo, la importancia de Durbán no está en las resoluciones, sino en la movilización de masas, en el ambiente que se ha vivido, en lo que ha transcendido, en cómo han llegado por doquier ecos de ese problema.


§2.-- La ignorancia y la ocultación de la historia

Extremos asombrosos alcanza la ocultación de la historia que se perpetra en las potencias colonialistas y esclavistas (EE.UU y la unión europea). Los libros de historia que aprenden los escolares de esos países edulcoran hasta lo indecible la subyugación de las razas no europeas por el grupo étnico europeo a lo largo del último medio milenio (largo).

Pasan de puntillas sobre las actuaciones más graves, despachándolas con medias palabras. De lo cual resulta que mucha gente, y no de la más ignorante, sólo tiene de lo que ha sucedido una idea muy vaga --y generalmente dulcificada al máximo--; y casi siempre desconoce las consecuencias causales de esos hechos, tendiendo a pensar que pertenecen a un pretérito remoto, a un pasado que se disuelve imaginariamente en la noche de los tiempos.

Hace unos años visité, en La Rochelle, el museo de Ultramar, en el cual se exhiben testimonios sobre la trata negrera y la esclavitud impuesta por la dinastía Borbón en las antillas. Una distinguida colega, políglota, ciudadana de uno de los principales estados de la unión europea, de amplísima cultura, profesora de Universidad, descubrió ahí por primera vez que hubiera existido la trata de negros, y que los europeos hubieran esclavizado a los africanos. Tengo la impresión de que no se lo creyó del todo (al fin y al cabo, los guías de museos no son infalibles).

Al desconocimiento de lo que fue la esclavización concurre también la exageración, que naturalmente es un arma favorita de los medios de incomunicación del sistema reinante. Cuando alguien trabaja hoy en condiciones penosas, se dice que lo hace como esclavo, o en semi-esclavitud.

Eso da una idea totalmente falsa de lo que fueron la esclavitud real y el pasaje en los buques negreros: el bozal, las cadenas, los grilletes, el cepo, el carcán al cuello, las campanillas, el látigo, los castigos --como los de cortar un pie al fugitivo cuando no se lo hacía perecer bajo terribles tormentos, prolongando, con astucias, su atroz agonía durante días.

Así se hicieron las grandes fortunas que hoy dominan. Así se enriquecieron las compañías navieras y de seguros, los plantadores de caña, café y cacao, los grandes comerciantes, los grandes fabricantes de hilados de algodón, así como las dinastías reinantes; reinantes hoy todavía: Borbón, Windsor, Orange-Nassau. (No es de extrañar que, en Durbán, hayan sido esas tres monarquías las más reacias a que se condene la esclavización como un crimen contra la humanidad.)

También se tiene una idea deformada del yugo colonial. Poca gente sabe que la colonización de África en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del XX acarreó el exterminio de decenas de millones de nativos, miles de manos cortadas, la sumisión a un espantoso régimen de trabajos forzados de muchas más decenas de millones --perdurando en parte ese sistema hasta casi el final del dominio colonial (años 50 del siglo XX).

Nos hablan del Gulag ruso bajo Stalin. Sea de eso lo que fuere, son incomparablemente mayores las proporciones del Gulag colonialista; a él quedaban sometidos cientos de millones de seres humanos por el color de su piel o por ser nativos de países no europeos (salvo la minoría privilegiada que actuaba como servidora del yugo colonial).

Ocúltase que a esos pueblos, principalmente a los de África, se los sometió durante decenios al expolio más despiadado e inmisericorde, que se acudió a los castigos colectivos, al pillaje, el incendio, a la caza del hombre, que se los enroló a la fuerza en los ejércitos de las potencias colonialistas y se los hizo combatir y morir por millares en las condiciones más espeluznantes y sin concederles siquiera un reconocimiento póstumo.

Sean cuales fueren las bases económicas de lo que se ha alegado tantas veces --que la relativa prosperidad del capitalismo actual en los países desarrollados se fundamenta en la explotación de los del sur--, lo seguro es que históricamente fue así, y que las consecuencias de todo eso son la pobreza extrema, la enfermedad y el hambre de las poblaciones de muchos países del sur.

África vio declinar su población a causa de los siglos de trata negrera, y ese despoblamiento, esa debilidad demográfica, fue el principal factor de su hundimiento en el atraso, de los enfrentamientos tribales y la miseria, al verse así reducido el mercado interior para sus productos y al verse dificultada la expansión económica por la escasez de brazos (aparte de que el yugo colonial vino, a fines del siglo XIX, a empeorar una situación ya desesperada).

No creo que se vaya a disipar esa niebla de la ignorancia por el mero hecho de que (en términos diplomáticos y por encima) se haya hablado de eso en Durbán. Pero ha sido inmensa la contribución de la conferencia. No de sus decisiones finales, que poco importan (en cualquier caso no eran vinculantes); sino de sus trabajos, de sus deliberaciones, de la movilización de masas que la ha acompañado, de la benemérita labor de los historiadores que han recordado esos hechos y de los investigadores que han demandado que se levante el velo que impide aún acceder a miles y miles de páginas de archivo sobre todo eso.


§3.-- El deber de pagar indemnización por daños

No basta con saber. Hay que pagar. Es un principio básico de las relaciones jurídicas entre los humanos que el que causa daño a otro, interviniendo cualquier género de mala intención o de descuido, tiene obligación de reparar el daño causado. A las poblaciones del sur los gobernantes y los ricos de las del norte (y --por extensión y en alguna medida-- las propias poblaciones septentrionales) les han causado una inmensidad de dolor, de padecimiento, con esas continuadas consecuencias actuales y futuras del hambre, la pobreza, el subdesarrollo, la enfermedad. Habría todo eso sin esclavización y sin colonialismo, y no sabemos en qué medida. Pero lo habría en cantidades incomparablemente menores.

Hay que pagar. Estudiando los archivos, se puede determinar, con un margen de error admisible, el monto del daño o su evaluación dineraria, según pautas que --aunque sean en parte arbitrarias-- se aplican en otros casos de resarcimiento por daños. Los descendientes de las víctimas, y colectivamente los pueblos que las sufrieron, tienen derecho a recibir esas indemnizaciones.

Ése es el mensaje de Durbán. Después de Durbán ya no será tan fácil seguir ocultando esa demanda.


§4.-- Refutación de las objeciones

Frente a esa reclamación se formulan 12 objeciones.

¶4.1.-- Primera objeción: imposibilidad de evaluar el daño

En primer lugar, se objeta que no se puede conocer el daño exacto, porque ha pasado tiempo y no hay datos precisos. Eso no es verdad. Hablamos de hechos históricos muy recientes, de una época en que han abundado los archivos de todo tipo. El lector de la novela histórica Raíces de Alex Haley (Roots. The Saga of an American Family) sabe que hay anotaciones numéricas en multitud de registros incluso de las compañías londinenses de seguros que garantizaban los intereses de los negreros.

Como con tantas cosas humanas (casi todas), el grado de exactitud de nuestro conocimiento es, eso sí, muy limitado. Pero no por eso se decide correr un tupido e indulgente velo. No es decente invocar ese margen de inexactitud contra el principio de la reparación por daños.

Es más, hasta, si se quiere, puede tomarse como base el cálculo mínimo y reparar sólo eso. Ya con eso, haría falta una contribución de los países ricos a los pobres, no del 0,7% del producto interior bruto, sino probablemente del 10% durante varios siglos.

¶4.2.-- Segunda objeción: lo pasado, pasado

Objétase que son hechos históricos; que lo pasado, pasado. La respuesta obvia es que las consecuencias perduran y seguirán perdurando muchos siglos, probablemente varios milenios. Sigue muriendo gente, siguen padeciéndose enfermedades, sigue habiendo mucho dolor por causa de la esclavización de los negros y del colonialismo.

Mas hay otra respuesta adicional a esa objeción, y es que el daño pasado ha de ser resarcido. Si a Ud le dejan caer un tiesto desde una azotea y eso le causa una baja laboral, tiene derecho a pedir una indemnización, aunque luego ya no perduren los efectos nocivos. Ése es un principio básico de las relaciones normativas entre los seres humanos, en cualquier sociedad, civilizada o no. El mal pasado se compensa con un pago presente o futuro.

¶4.3.-- Tercera objeción: los hechos han prescrito

Se objeta lo remoto de los hechos, que supuestamente habría entrañado una prescripción. Mas a eso hay que decir que la gravedad de los crímenes masivos contra la humanidad los hace imprescriptibles, según consenso universal, y que, en todo caso, el problema de las reparaciones no es penal, sino civil, y es una deuda inextinguible.

Por otro lado, no es verdad que se trate de hechos de un pasado remoto. La esclavitud fue abolida en los EE.UU en 1865; en la monarquía borbónica española, en 1880; en el Brasil, en 1888. Hace cuatro generaciones había millones de esclavizados por los blancos, por el hecho de ser negros.

¶4.4.-- Cuarta objeción: todos hicieron lo mismo

Se objeta que tales males han sido generales en la historia, que los romanos practicaron la esclavitud, que los propios estados africanos precoloniales la practicaban (y de hecho la mayoría de los esclavos llevados a América fueron vendidos por mercaderes locales).

A eso hay que responder que la historia no conoce ninguna esclavización de la magnitud, crueldad, organización, duración y sistematicidad de la trata negrera. Ni otros regímenes de esclavitud han girado en torno a la dicotomía del color de la piel. En Roma un esclavo podía ser de cualquier color --y algunos eran emancipados y llegaban a ostentar altos cargos imperiales.

Una opresión tan específicamente racista como la esclavización europea de los negros no se conoció hasta la edad moderna.

Por otro lado, la esclavitud de los antiguos mesopotamios, griegos, fenicios y romanos sí queda sepultada en los libros de historia, sí pertenece a un pasado lejano. Entre ella y los tiempos actuales se interpone una larga secuencia de siglos, no siendo ya posible seguir la huella generacional para saber quién debe qué a quién.

Por último --y es lo esencial-- hay que decir que hace muchos siglos que dejó de existir el Imperio Romano; tampoco existen la monarquía de los faraones ni la asiria, ni la babilonia, ni nada de todo aquello. Sí existen las grandes fortunas que se hicieron con la trata negrera y la esclavización colonial. Sí existen, y reinan, las dinastías que se lucraron así. A menudo están en la gestión gubernamental partidos que ya presidieron las últimas etapas de aquellas fechorías masivas (como el partido demócrata en los EE.UU).

¶4.5.-- Quinta objeción: la pendiente resbaladiza o las esclusas abiertas

En relación con ese problema, se objeta que, si empezamos a exigir reparaciones por los males del pasado, todos tendrán motivos de reclamación contra todos.

No es así. El transcurso del tiempo hace que se disipen o extingan responsabilidades. Tanto más cuanto menor sea su gravedad y mayor el tiempo transcurrido. Justamente es la excepcionalidad del yugo esclavizador y colonial lo que lo hace destacarse, impidiendo su extinción. No se trata de resucitar cualesquiera rencores de una tribu contra otra, de una familia contra otra. Si han de recibir compensación o no los parias de la India o las tribus avasalladas en la región africana de los grandes lagos son temas aparte, que habrá que solventar en cada caso, y cuya dilucidación principalmente incumbe a los pueblos de sus respectivas zonas geográficas.

El hecho de la esclavización y del yugo colonial afecta a la humanidad entera y a las relaciones internacionales en su conjunto. Por consiguiente, no vale ese temor a la pendiente resbaladiza --aparte de que es siempre una falacia el argumento de la pendiente resbaladiza (o de las compuertas). Los hechos masivos que involucren a cientos de millones de seres humanos durante siglos no son como los demás.

¶4.6.-- Sexta objeción: ¿habrán de indemnizar pobres a ricos?

Objétase, en sexto lugar, que una parte de los descendientes de aquellas víctimas son ricos, y muchos descendientes de los verdugos (o de sus esbirros) son pobres.

Tampoco vale la objeción; porque, en primer lugar, eso por sí solo no elimina la deuda; y, en segundo lugar, siempre se podrían introducir cláusulas especiales que evitaran efectos perversos, como el ulterior enriquecimiento de algunos ricos a expensas de algunos pobres. Por otro lado, esos casos tienden a ser excepcionales.

¶4.7.-- Séptima objeción: no se ha de lavar el mal ocurrido con un cheque

Se objeta también que el pago de una indemnización sería como querer lavar o borrar los hechos de sufrimiento masivo, como pasar la esponja y, habiendo saldado la deuda, hacer cesar el motivo de recuerdo, de dolor, de amargura.

No vale nada la objeción (que los imperialistas han emitido por la boca de su lacayo, el presidente de Senegal, Abuláy Wad). No vale porque, de valer, lo mismo se aplicaría a cualesquiera daños. Habría de enmendarse el derecho civil, quitando la obligación de resarcimiento (incluso en el propio derecho interno senegalés). Y ninguna sociedad humana (ni no humana) puede existir si las acciones dañinas para con otros no acarrean consecuencia alguna para el que las llevó a cabo ni se da procedimiento alguno para disminuir el sufrimiento de la víctima, o de aquellos de sus descendientes que sigan siendo víctimas.

¶4.8.-- Octava objeción: inconmensurabilidad entre el mal sufrido y cualquier pago

Casi igual a la anterior objeción es la que aduce lo inconmensurable del mal causado con la compensación monetaria que se pretenda.

Tampoco vale ese argumento, porque, de valer, se aplicaría igual a la evaluación de cualquier daño moral, e incluso de muchos daños físicos. ¿Qué suma de dinero puede compensar a una viuda porque su marido murió en un accidente laboral que se habría evitado de haberse aplicado las normas vigentes de seguridad? ¿Qué indemnización pecuniaria tiene el mismo monto que el dolor padecido por el atleta a quien el hincha de un competidor dejó lisiado, arruinando su vida, su dignidad, su pundonor, su autoestima, sus relaciones íntimas?

Desde la más remota antigüedad, los sistemas jurídicos buscan, con tanteos, abordar los casos espinosos, careciendo de regla precisa o de criterio indiscutible. Pero, dentro de ese margen de indeterminación, se conciertan --bajo la guía de la opinión pública en evolución, bajo el imperativo que dictan la conciencia popular y las expectativas de las masas-- diversas soluciones de compromiso, imperfectas, pero con una base razonable y suficiente que hace de tales arreglos encarnaciones (imperfectas) de la equidad.

Por otro lado, se da frecuentemente una conmensurabilidad entre magnitudes heterogéneas, siempre que se halle una dualidad de rasgos respectivos que se presten, racionalmente, a una cierta proporción o conmensuración.

¶4.9.-- Novena objeción: poco pueden cambiar las indemnizaciones

Se objeta que, no pudiendo alterar profundamente la vida de esas amplias masas, las indemnizaciones nunca se elevarían a un verdadero pago.

Seguramente es ésa una variante de la objeción anterior, que recalca lo desmesurado, lo desproporcionado del daño infligido con relación a cualquier reparación. En suma se trataría de que la reparación no sólo no deshace el daño ni lo anula, sino que tampoco puede compensar ni siquiera a los descendientes de las víctimas, o sea no puede darles un beneficio comparable al daño sufrido por sus antepasados.

Frente a esa objeción caben dos respuestas. La una es que, aunque no se pudiera compensar del todo, se puede compensar en parte. Supongamos que un delincuente le quema su vivienda y eso le acarrea a Ud unas pérdidas emocionales y materiales de una cuantía elevada; se valora esa pérdida en 230 millones de pesetas; si ese delincuente se ve forzado a pagarle, como resarcimiento, una suma de 10 millones, ello significará que el daño sufrido por Ud habrá disminuido en esos 10 millones y que el acto del delincuente habrá recibido una retribución debida, aunque sea insuficiente.

No es cuestión de todo o nada. Que no se pueda conseguir algo totalmente, por ser imposible o prácticamente inviable, no significa que dé igual conseguirlo en parte o no conseguirlo en absoluto. La verdad suele ser verdad parcial. Los éxitos suelen ser éxitos parciales. Lo total está reservado al mundo de los ángeles y los demonios.

La otra respuesta es que el pago de una indemnización importante tendría un efecto multiplicador, mejorando profundamente la vida de la población humana. Igual que, tras la segunda guerra mundial, el plan Marshall de los EE.UU para la Europa capitalista --con un aflujo de muchos millones de dólares en su mayor parte no reembolsados-- acarreó la prosperidad económica, permitiendo el estado del bienestar, sin que no obstante la suma en sí fuera de tal magnitud que empobreciera en lo más mínimo a los propios EE.UU, igualmente una modesta aportación del 1 por ciento del PIB de los países ricos, en compensación a las víctimas de la esclavización y del sojuzgamiento colonial, mantenida durante medio siglo, cambiaría radicalmente la faz de la Tierra, acabando con la miseria y con el hambre. (No estoy proponiendo que la reparación sea así de modesta; digo que, aunque lo fuera, sus efectos serían enormes.)

¶4.10.-- Décima objeción: ¿hay que pagar por lo que pasó antes de que uno naciera?

Se objeta que los hombres de hoy no han de pagar por hechos sucedidos antes de que ellos nacieran. No tiene tampoco base esta objeción.

En primer lugar, porque aquí se trata de responsabilidades colectivas y no individuales. Las colectividades incurren también en responsabilidad. Tal vez no en responsabilidad penal (aunque muchos creemos que sí, que una asociación puede ser rea y tener una culpa colectiva); mas, en cualquier caso, sí en responsabilidad civil.

El problema de la responsabilidad colectiva requiere, desde luego, un estudio pormenorizado. Es un asunto harto complejo, que involucra muchos aspectos. Hay diversos tipos de responsabilidad colectiva según la índole de las víctimas y según el carácter de la asociación que incurra en el supuesto de hecho (si se trata de una asociación voluntaria o involuntaria; difusa o de bordes tajantes; formal o informal; persistente u ocasional; disciplinada o anárquica).

Siendo todo eso objeto legítimo de investigación, no deben tales indagaciones empañar lo esencial: que hay responsabilidad colectiva, una u otra, mayor o menor, según los casos. Y es enorme en el que aquí nos traemos entre manos: es la responsabilidad de las naciones que se beneficiaron de la esclavización y la dominación colonial respecto de los pueblos que las sufrieron.

Desde luego las acciones y las pasiones de un colectivo estriban en ciertas acciones y pasiones de sus miembros, o de muchos o algunos de ellos. No puede una muchedumbre asaltar un local quedándose parados sus componentes. No puede una sociedad incurrir en responsabilidad si nada han hecho sus integrantes. Mas, perpetrado el acto, con los medios de esa sociedad, en nombre de esa sociedad, ostentando los perpetradores una representación autorizada de esa sociedad, con el aval o el consentimiento, activo o pasivo, de buena parte de los miembros de esa sociedad, ésta adquiere una responsabilidad que se perpetúa al sucederse, en la sociedad, unos miembros por otros.

En segundo lugar, y sobre todo, si valiera la objeción, acarrearía las dos siguientes consecuencias absurdas. La una sería que las deudas se extinguen cuando mueren el deudor y el acreedor, no transmitiéndose a sus herederos, o al menos no a sus herederos póstumos. La otra sería que las sociedades verían extinguidas sus deudas al haberse alterado por completo su composición, aunque haya sido paulatinamente.

Mas, si sucediera eso, también se extinguirían los derechos, del mismo modo. Si el deber que tiene A hacia B no se transmite a los sucesores respectivos de A y de B, tampoco el derecho de B respecto de A. Ahora bien, la posesión colectiva de un territorio por una nación es un derecho de esa nación, de esa asociación de individuos, frente a los demás; un derecho de exclusión, que podrá tomarse en el sentido brutal de la xenofobia o podrá tomarse en un sentido más humano de que dueños colectivos del territorio sean prevalentemente los nacionales; en cualquier caso, excluye, más o menos, a los extranjeros.

Y lo mismo cabe decir de un municipio, de una cooperativa o de las sucesiones privadas. Aunque se nos hiciera caso a quienes abogamos por la abolición de la propiedad privada, persistirían derechos colectivos adquiridos por grupos humanos y transmisibles transgeneracionalmente.

Si, por haberse producido los hechos antes de que ellos nacieran, los actuales habitantes de los países del norte no tienen, respecto de los del sur, obligación alguna derivada de esos hechos, por las mismas tampoco poseen derecho alguno respecto de ellos; no tienen derecho a la propiedad colectiva de sus países, más ricos, mejor situados, con mejores vías de comunicación, mejores edificios, con sus museos, sus fábricas, sus puertos, sino que cualquier grupo de malgaches puede hacer lo que le dé la gana con las instalaciones del ayuntamiento de Arrás, incluso demoler o incendiar, si quiere, la casa consistorial, aunque de ello no saque provecho alguno.

Menos todavía habría un derecho colectivo, transmisible transgeneracionalmente, al disfrute de comodidades heredadas de los mayores; o, por lo menos, nunca un derecho preferente frente a otros, ya que ese derecho preferente es lo mismo que un deber heredado por esos otros de no interferir, de no estorbar tal disfrute.

Es más, las ventajas, la riqueza, las comodidades colectivamente heredadas por las poblaciones de los países ricos y semirricos las obtuvieron sus antepasados estrujando implacablemente a las razas que consideraron inferiores, exprimiéndolas hasta la última gota de sangre y sudor, triturándolas, machacándolas, exterminándolas cuando resistían. ¿Han de heredarse las ventajas y las riquezas colectivas así ganadas y no carga alguna subsiguiente? ¿El haber sin el debe?

En resumen, es sencillamente absurdo que no haya transmisión transgeneracional de derechos y deberes. No sólo iría eso contra toda la normativa vigente en las legislaciones nacionales y en el derecho internacional, sino que no se puede concebir una sociedad humana (o no humana), mínimamente organizada y regulada, sin alguna transmisión transgeneracional de al menos algunos de los más importantes derechos y deberes, aunque no de todos.

¶4.11.-- Undécima objeción: se lo embolsarían los caciques locales

Adúcese que las ayudas al llamado `tercer mundo' suelen ir a parar a los bolsillos de los potentados locales o a ser gestionadas por organizaciones cuyo carácter genuinamente humanitario puede poderse en duda; que a veces esas ayudas significan que el flujo de dinero va de los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Y que en este caso seguramente pasaría igual, por muchas precauciones que se tomaran.

Todo eso encierra el típico embuste periodístico, la desinformación característica de la prensa mendaz, sensacionalista, a sueldo de los poderosos. ¡Cuantifíquese, no se hable en el aire y al buen tuntún! Sí, una parte de la ayuda --de cualquier ayuda, por bueno que sea el procedimiento, por excelentes que sean el personal y la organización-- viene detraída de sus fines y se malversa. Mas ¿cuánto? La verdad es que los países colonialistas e imperialistas presentan como ayuda al desarrollo desembolsos tales como financiación de gastos militares encubiertos, ventas de helicópteros a las policías represivas, o construcciones como las de las prisiones--tumba en Perú. Todo eso es verdad. Pero, siéndolo, es un problema marginal, porque el mayor problema en las relaciones entre países ricos y pobres no estriba en nada así, sino en que ni siquiera se cumple el modestísimo porcentaje de ayuda decidido por la ONU del 0,7% del PIB.

Por otro lado, las indemnizaciones pueden otorgarse con condiciones y garantías (ya se hará, y hasta muchas veces de tal modo que el efecto sería inmensamente mejor si no se pusiera ninguna condición ni se exigieran garantías, porque suelen tener un efecto perverso, al estar hábilmente redactadas por quienes conceden la ayuda).

Y, además, para los países recipiendarios de compensación hasta lo que directamente enriquezca a la capa superior de la población indirectamente beneficia a todos, pues repercute en mayor demanda, más mercado, mayores posibilidades de producción interna, más puestos de trabajo.

La prueba la ofrece la ayuda del plan Marshall, que puede haber enriquecido a los consorcios industriales y bancarios, pero que indirectamente benefició a todos los habitantes de la Europa capitalista.

¶4.12.-- Duodécima objeción: es mejor compungirse que pagar

Dícese que mejor que reparar sería un acto de contrición (o tal vez de atrición), un sincero lamento colectivo, una toma de conciencia general, un reconocimiento público, contarles en adelante la verdad a los escolares o no seguirles ocultando la crudeza de la historia propia.

¿Por qué y en qué es mejor? Si eso es así, lo será en cualquier otro caso, y habrá que cambiar la legislación de todos los países del mundo, civilizado o no, que, unánimemente, defiende y ha defendido siempre --desde tiempo inmemorial, desde las leyes mesopotamias de hace 4 milenios-- que quien, dolosa o negligentemente, causa daño a otro tiene obligación de resarcirlo. Si el arrepentimiento es mejor que el pago en este caso, lo es en cualquier otro caso. A menos que se diga qué pasa en este caso en concreto para que sea mejor arrepentirse que pagar.

Por otro lado lo que se alega en la objeción va contra los precedentes. La nación alemana ha sido obligada --y sigue siendo obligada-- a pagar por las persecuciones antisemitas perpetradas por sus dirigentes bajo el régimen nacionalsocialista que acaudillaba Hitler. Este año 2001 las empresas radicadas en Alemania (no forzosamente germanas, pues entre ellas estaban la Ford y otras firmas yanquis y de otros países) han empezado a pagar indemnizaciones a los supervivientes de los campos hitlerianos de trabajo forzado (cuyas condiciones se han catalogado como de esclavitud).

¿Qué factores pertinentes concurren en esos hechos y no en los de la incomparablemente más amplia esclavización y dominación colonial que sufrió en particular África?

Sí, claro, las fechorías por las que se hace pagar a los alemanes fueron perpetradas contra blancos. Las víctimas están en general en el campo de las naciones dominadoras. Además, la responsabilidad queda circunscrita a un solo estado o a unas determinadas firmas, en vez de estar repartida entre todos los estados ricos y toda la clase empresarial.

Sin embargo, nótese que, puestos a eso, con buena investigación muchas responsabilidades podrían individuarse perfectamente.

Pero, sobre todo, no son diferencias relevantes. Si lo fueran, algo paralelo cabría decir en cualquier otro caso, con este resultado: debería indemnizarse un daño que afecte a pocos en poco tiempo, o que sea perpetrado por pocos, y más si los afectados pertenecen a un estrato superior de la población; al paso que no debería indemnizarse en absoluto un daño que afecte a muchos, durante mucho tiempo y que sea perpetrado por muchos, y menos todavía si los afectados pertenecen a una capa inferior de la población.

El llanto es sano. Pero no basta. Lo más importante es saldar la deuda, aliviando la triste suerte de muchos descendientes de las víctimas de aquellas atrocidades masivas. Y de paso haciendo un favor a la humanidad, haciendo que vivamos mejor y nos sintamos mejor en nuestra piel humana.


§5.-- Alternativas: Impuesto Tobin y otras hierbas

Apenas se habían clausurado las sesiones de la conferencia de Durbán (con un insulso compromiso de última hora para evitar que, largándose la Unión europea, se quedaran casi solos los países afroasiáticos y latinoamericanos) cuando la propaganda del imperialismo lanzó por los aires la nouvelle trouvaille del jefe del gobierno galo: a estas alturas se convertía en partidario del impuesto Tobin.

La idea --según había sido inicialmente formulada por el profesor James Tobin en 1971-- era, al parecer, la de establecer un tributo disuasorio sobre las operaciones que entrañen conversión de divisas, a fin de desincentivar la especulación monetaria, que es un factor de inestabilidad y volatilidad de los mercados, de oscilaciones pronunciadas en el ciclo económico.

Desde hace años, ciertas organizaciones humanitarias (en particular ATTAC), animadas de la mejor intención, se han hecho abogadas de esa propuesta, que han completado con la generosa idea de que lo que se saque de ese impuesto vaya como ayuda a los países pobres, a los que se considera las principales víctimas de la inestabilidad financiera así provocada. Su propuesta está ahí desde hace años y ha encontrado eco en otros movimientos antiglobalistas.

Las coyunturas cuentan. Es ahora y no hace uno, dos o diez años cuando el actual inquilino de Matiñón se ha pronunciado por la imposición de ese tributo. Sin embargo, como lo he dicho más arriba, el economista James Tobin formuló su propuesta hace 3 decenios, o sea una generación más atrás.

Difícilmente puede escapar uno a la impresión de que --aparte de consideraciones electoralistas u otras circunstancias-- a Monsieur Jospin se le ocurre eso justamente para proponer algo en este preciso instante, frente a las demandas meridionales de reparación, como una ayudeja o un socorrillo alternativo consistente en hace pagar a los que se benefician de la especulación.

Tampoco esa idea es la única alternativa que se ha barajado estos días a las demandas de resarcimiento por daños. Otra idea ha sido la de subvencionar a los países pobres merced a un impuesto sobre las exportaciones de armas (idea de M. Laurent Fabius). Y otra ha sido la condonación de la deuda externa.

Tales propuestas apartan la atención del punto focal del debate, que hoy es la reparación del daño causado. Convenga o no convenga cancelar la deuda, convenga o no convenga establecer un tributo sobre transacciones cambiarias, convenga o no convenga dar a lo así recaudado éste o aquel destino, en cualquier caso hay que indemnizar a los pueblos que fueron víctimas de la esclavización y la dominación colonial del imperialismo europeo, o euro-norteamericano.

Eso está claro en lo tocante a la cancelación de la deuda. Por varias razones. En primer lugar no está probado que los países que más endeudados estén sean los que más resarcimiento merezcan por los daños de la esclavización y la colonización.

En segundo lugar, la mera cancelación de la deuda, por sí sola, es una medida sin alcance redistributivo hacia abajo; muchas veces la deuda ha sido contraída por los paniaguados de las potencias septentrionales e invertida en fugas de capitales hacia Miami y Suiza, en pisos en París o en Londres, chalets en la Costa Azul y en la ruleta de Montecarlo; meramente cancelar la deuda de esos agentes locales del imperialismo poco beneficia a los pueblos.

En tercer lugar, porque, si se trata de cancelar la deuda porque es justo hacerlo, se podía haber hecho antes, no precisamente cuando se plantea una nueva reivindicación y como para taparla o desviarla.

Y en cuarto lugar --y es lo principal--, ¡háganse las cuentas como Dios manda, póngase esto en el debe y aquello en el haber, y procédase luego a la compensación de deudas que resulte! Si Guinea debe 100 millones a los septentrionales pero éstos le deben 100 billones, el balance es claro. El principio de equidad y el de corrección reclaman que no se escamotee un problema aduciendo otro.

Sea como fuere, si los septentrionales sacan ahora eso, es porque les conviene, para ofrecer un insignificante azucarillo cuando está en juego algo de envergadura incomparablemente mayor.

Tampoco merece parabienes la idea del ex-primer ministro M. Fabius de darles a los pobres la recaudación de un hipotético impuesto sobre la exportación de armas, que tendría el efecto perverso de que cada país pobre saldría beneficiado de las guerras entre sus vecinos, con tal de poder permanecer neutral en el conflicto.


§6.-- Más sobre el Impuesto Tobin

Pasando al tributo Tobin, con todos los respetos para las personas que luchan por eso, hay que formular una serie de reparos a sus ideas.

  1. Si los países ricos quieren ayudar a los pobres (al margen del asunto de las reparaciones), pueden y deben hacerlo, siquiera sea con el prometido e incumplido 0,7%, promesa que parece que se llevó el viento; eso independientemente de que establezcan unos tributos u otros. Si quieren ir más allá de esa tacañería del 0,7%, pueden y deben hacerlo, independientemente de si lo sacan de tasas aeroportuarias, contribución sobre el patrimonio, o sobre transmisiones inmobiliarias, impuesto de lujo o cualquier otro habido o por haber.

  2. Es absurdo pretender financiar tal gasto con lo recaudado exactamente con tal tributo. No hay razón ninguna para hacerlo así. Si se trata de aplicar un principio redistributivo global, entonces habrá que dedicar una parte de la riqueza de los países ricos a esa distribución a favor de los pobres; no lo que se saque de éste o de aquel concepto tributario, en particular, sino lo que se estime justo y prudente, y que se saque del fondo común, que son los presupuestos generales de los estados de la NATO y de la unión europea. Cuánto se estime justo y prudente no depende de cuánto se saque de éste o de aquel tributo (sea el de transacciones financieras, el de exportación de bebidas embriagadoras, el de ventas de coches o de armas, o cualquier otro).

    Más en general, sería peregrino destinar a la construcción de ferrocarriles lo recaudado mediante el impuesto de sucesiones; a la de escuelas, lo recaudado mediante el IVA; y así sucesivamente. Porque no sólo no hay nexo intrínseco entre el gasto y el ingreso que hipotéticamente se dedicara a costearlo, sino que tal fraccionamiento de la caja va en contra de cualquier política de racionalización de ingresos y gastos, que exige tomar a los unos y los otros en su globalidad.

  3. No es verdad que haya un vínculo especialmente íntimo entre las dificultades de los países pobres y las ganancias especulativas de las transacciones de divisas. Aunque tales flujos especulativos dañan a todos (salvo a unos pocos logreros), los problemas económicos del llamado `tercer mundo' son consecuencia de estos otros factores: los términos inicuos del intercambio comercial; la fuerza de los acaparadores del norte para forzar a la baja los precios de las materias primas producidas en el sur; las barreras --arancelarias y no arancelarias-- a las exportaciones del sur hacia el norte; la mortífera muralla que estorba el flujo migratorio laboral que podría ser la principal fuente de divisas para los países pobres; las condiciones draconianas impuestas por el BM y el FMI; las subvenciones de los países ricos a su propia agricultura cuyo producto llegan incluso a exportar a los del sur arruinando el sector agropecuario de éstos.

    Directamente las especulaciones cambiarias no afectan tanto a los países pobres, porque los especuladores no suelen fijar su mirada en las divisas de Birmania, Sudán o Bolivia, sino en el yen, el franco suizo, la libra esterlina, el marco etc.

El año pasado se difundió un texto de ATTAC (Francia) titulado «El impuesto Tobin: ¿cómo gestionarlo y qué financiar con él?», señalando que `el Banco Mundial podría [según algunos economistas] recibir el producto del impuesto, igual que el FMI, para reforzar su capacidad de intervención', añadiendo empero que esa organización no deseaba tal salida.

Cualesquiera que sean tan loables deseos, es un hecho que las oligarquías capitalistas de la NATO podrían perfectamente integrar en su estrategia un impuesto Tobin en una proporción lo bastante módica como para no inquietar mayormente a los especuladores financieros internacionales. Pueden consagrar lo así recaudado a la expansión armamentística, o a obras públicas, o a aliviar la caja de la seguridad social de cada país rico, o a cualquier otra cosa que les dé la gana.

Alternativamente --para hacer ver lo buenos que son-- pueden dedicarlo a incrementar los recursos del FMI o del Banco mundial, dizque en beneficio de los países pobres, a los que, a cambio, se impondría más de lo mismo: más desregulación, más privatización, más desarme comercial.

Todo eso revela que el establecimiento del impuesto no tiene nada que ver con las cuestiones del desarrollo de los países de economía débil, con la cuestión de la solidaridad humana, con la cuestión de las relaciones entre países ricos y pobres. Son cuestiones absolutamente diversas y tan independientes entre sí como pueden ser dos temas distintos de política socio-económica.

Por último, hay que señalar que las operaciones cambiario-monetarias son sólo una parte de las que causan los acusados altibajos que sufre la economía de mercado. Seguramente mucho más importante es la especulación inmobiliaria, aunque sin duda en parte está ligada a la otra; y también está la bursátil; y no pasemos por alto la propia especulación del tráfico de empresas, las compraventas de firmas comerciales.

¿Qué es la especulación? Las especulaciones son aquellas operaciones de oferta y demanda mercantil que tienden a vender más caro de lo que se ha comprado, pero básicamente la misma mercancía, no una mercancía con un valor añadido. Es desde luego meramente relativa la diferencia entre esas operaciones y las más defendibles consistentes en, o bien incorporar algún valor o elemento a lo previamente comprado para vender más caro el resultado, o, si no, constituir un eslabón necesario en la cadena distributiva (como en principio lo cumplen el mayorista y el tendero, para que el paquete de margarina pase de la fábrica a la nevera del consumidor final).

En cualquier caso, la moderna economía capitalista es enormemente especulativa; los incrementos de valor añadido suelen ser ficticios y aparentes, cuando no puramente nominales. Y la necesidad del eslabón, clara en algunas casos, es cuestionable en otros.

Un mero impuesto sobre transacciones que impliquen permutación monetaria tendría un efecto limitado, dado ese enorme cúmulo de la especulación general. Evidentemente la introducción del euro reducirá aún más la significación del hipotético tributo.

En resumen, hay que dejar a salvo la posibilidad y conveniencia de ese tributo o de cualquier otro (como puede razonablemente pedirse uno sobre la propiedad de inmuebles no dedicados a vivienda propia habitual, o sobre el gasto de agua potable en cantidades desproporcionadas a las necesidades del cuerpo humano, o sobre el uso de medios de locomoción más contaminantes cuando haya otros disponibles que sean medioambientalmente menos agresivos, etc).

Pero nada de todo eso guarda conexión con el problema de las relaciones entre los países del norte y los del sur. Ese problema tiene diversos aspectos, siendo uno de los más importantes el evocado en este ensayo: la cuestión de la reparación por los daños históricamente infligidos por el norte rico al sur pobre.


§7.-- Conclusión

Dedúcese de todo lo dicho que es justa y legítima la demanda del pago de reparaciones por la esclavización y la colonización que padecieron los pueblos del sur a manos de los del norte, principalmente los africanos a manos de los europeos. Tal propuesta debe constituir el foco de atención de la cuestión, más general, de las relaciones entre países septentrionales y meridionales. En ese transfondo no merecen situarse en el centro de los debates otras ideas, erizadas de dificultades, cual la propuesta del impuesto Tobin u otras similares. Lo que hay que hacer es sencillamente, en vez de limitarse a llorar, pagar lo que se debe por el daño causado.

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Lorenzo Peña
eroj@eroj.org
Director de ESPAÑA ROJA

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